Tu vaca se comió mi sombrero

abril 22, 2013
Comienzo uno de esas entradas sin guión previo y en las que lejos de profundizar sobre un tema concreto, me limito a ir de picaflor revoloteando por algunos temas, de los que dicho sea de paso, tampoco me interesa ir más allá.
Durante la semana pasada me asaltó una sensación extraña de desasosiego. Se supone que en este mundo estamos como quien dice 4 días y la mejor idea es intentar ser feliz o al menos intentarlo durante buena parte de ese tiempo. Sin embargo hay una serie de energúmenos, salvajes, caníbales y seres asociales que se empeñan en hacerse a sí mismos la vida imposible y, por añadidura, también al resto. 
Le echas un vistazo cualquier día a las noticias y los atentados, asesinatos, violaciones de los más mínimos derechos humanos brillan con luz propia junto a las atrocidades más brutales que puedas imaginar. Todo por nada. Religión, poder, ocupación, dominación, odio, rencor. Todo vale para esta escalada estúpida de violencia que no hace más que crecer y crecer. El día que termina alguna guerra perdida comienzan otras cuatro más por las mismas gilipolleces y para tener una buena excusa para comprar armas los unos y venderlas los otros. 
Aquí en España la guerra que están librando los miembros de las sectas polícias y sindicales, la vamos perdiendo por goleada. Al sistemático genocidio sanitario que han emprendido se le une el genocidio social y educativo mediante el que están arrojando a la calle a millones de familias mientras ellos van a lo suyo saqueando el dinero de los impuestos de todos. 
Alguno que viva fuera de este país olvidado por los dioses, pensará que la gente se está movilizando para acabar con todas estas injusticias. Pues no. Aquí la mitad de la gente está preocupada por la Champions, el crack de turno y la otra mitad por las estupideces que salen por la boca de famosillas y famosetes de garrafón. Es lo que hay y es lo que tenemos. Y hay que apechugar con lo que tenemos.
Observas a la gente, a la masa y te ds cuenta que cada día que pasa está más cerca la realidad que nos pintaron en Idiocracia.
Y sobre el título de estas líneas, como no se me ocurría nada mejor, eché mano de una obra imaginaria que imaginó alguno de mis personajes en algún relato, obra de teatro o textos que ya no recuerdo.
La imagen corresponde a una obra del pintor surrealista belga Rene Magritte.

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